Es raro que un autor tan esquivo como Peter Handke le entregue al lector de una novela de seiscientas páginas. “El año que pasé en la bahía de nadie” es una especie de summa: Handke condensó en ella todos sus méritos y defectos. Probablemente la crónica de su año parisino podía haber durado sólo un semestre. Pero la idea que está detrás es el sueño de todo escritor que se respete: transformar la vida en un ritual de escritura que la celebre.
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